Cuando Proust relata los efectos que le produce una magdalena, está recurriendo a un lenguaje en búsqueda de emoción, sensorialidad y ante todo, introspección. Las palabras, de repente, abandonan su función estrictamente descriptiva o representativa, para permitir a su autor la captación de un aquí y ahora personal. Esto es lo que diferencia al escrito práctico y utilitario del escrito filosófico o artístico. Una misma herramienta puede efectivamente movilizar las mismas reglas, los mismos criterios estéticos, las mismas mecánicas emotivas o los mismos resortes sensoriales, y sin embargo, apuntar a un objetivo totalmente diferente.

El 11 de abril de 2019, la Bodega Valdemonjas presentaba un mural del pintor Julio Sendino. Pensada para ocupar una pared abovedada de la sala de barricas, la obra describe una escena de vendimia. Un juego de construcciones vectoriales, seña de identidad del artista vallisoletano, da perspectiva a una figura ruda y masculina, mientras ésta carga la uva cosechada en la viña que ocupa el fondo. Los tonos naturales de la pieza crecen en tres medidas, progresando de la tierra al azul pasando por el blanco y negro del personaje. La composición geométrica, en lo que le corresponde, concentra los ejes principales hacia un punto de fuga central, integrando de semejante modo la propuesta gráfica al espacio volumétrico que lo acoge. Y en eso reside todo el propósito del trabajo: establecer un diálogo entre arte y artesanía, entre dos mundos tan cercanos, y a la vez, diferenciados.

Considerándolo bien, Julio Sendino ha abandonado de forma voluntaria la exclusividad del lenguaje artístico, para prestar su maestría a exigencias prácticas y arquitectónicas. Lejos de dejarse llevar por una libertad de absoluta expresión y concepción, ha tenido que conciliar su gesto con la especificidad del lugar. Respetando, por una parte, condiciones técnicas poco usuales para un pintor de atelier y persiguiendo, por otro lado, el resultado espacial que esperaban de su labor los mecenas. Ni óleos, barnices o acrílicos. Con el fin de no dañar los perfumes que esta sala moldea, los pigmentos tenían que ser naturales. Y, tras tediosas pesquisas, la pintura encáustica se impuso. Utilizada desde la Antigüedad, esta cera de abeja ha constituido la primera obligación del ejercicio. Pero esto no es todo. Pese al indiscutible amor que tienen por el arte, los dueños del espacio buscaban un efecto preciso y deseaban que el mural participe en la funcionalidad del espacio, remarcando la profundidad de la sala. Así, han solicitado la inventiva del pintor hasta que este proponga un concepto gráfico que, tanto por sus colores como por su composición, vaya en ese sentido. De hecho, la cantidad de bocetos con lápiz y acuarela expuestos en la inauguración lo demuestran: el proceso creativo ha seguido líneas directrices herméticas a cualquier preocupación introspectiva. Por fin, a este segundo imperativo se sumó un tercero. En caso de que se extienda la bodega, el trabajo tenía que poder ser desmontado y reconstituido ulteriormente. De modo que Julio Sendino no pintó directamente sobre el muro sino sobre un soporte movible formado por paneles de fibrocemento cortados según su bosquejo. Resumiendo, las obligaciones han condicionado la propuesta, y aunque la historia del arte rebosa de encargos específicos, el marco de este trabajo conlleva una pregunta. ¿Se puede considerar el mural presentado como el resultado de un camino artístico, o en un aspecto parecido a la labor de un arquitecto de interior, esta aventura caracterizada por tantos desafíos materiales se asemeja más al esfuerzo de un artesano?

Solo la relación al contexto permite responder a esta interrogación. Todo proceso creativo tiene que leerse a partir del ambiente que lo ha visto nacer. Sin fotografía no hay abstracción. Del mismo modo, sin abstracción no hay nueva figuración. Y el ambiente, en este caso, lleva un nombre: Bodega Valdemonjas. En este sentido, el mural de Julio Sendino tiene que entenderse a través de la conversación que establece con el lugar y su espíritu. Una casa que, con una práctica basada en el trabajo, la humildad y la perseverancia, busca entrar en el universo de los sentidos, las percepciones y las vibraciones. Algunos vinos embriagan. Otros transportan. Los Tres Dones, Abrí Las Alas o El Patio pertenecen a esta segunda categoría. Catar cualquier cosecha producida entre estos muros invita a bogar de sensación en sensación. De recuerdo en recuerdo. Hay magdalenas. Y luego está la magdalena de Proust. De modo que, para los que sólo perciben el resultado, Julio Sendino simplemente habrá decorado una pared. Pero, para los que son capaces de leer la perspectiva que lleva desde la última capa al punto de inicio, el pintor habrá trascendido su práctica hasta ponerla al servicio de un concepto que sobrepasa ampliamente lo bonito y lo representativo. El trabajo celebra el trabajo, sufre sus exigencias y se revela a la luz de la intención. Cultiva la resonancia tan preciada por la familia Moyano-Agüera – propietaria del lugar-, tan preciada por el proceso de esfuerzo y de búsqueda, necesario tanto a la sublimación como a la elevación de la uva en vinos mundialmente aclamados. Arte y artesanía, aquí, no se oponen. Dialogan. Se completan. Se sirven, se alimentan y se estimulan. Modestamente, honestamente, simplemente, laboran. Hasta que la pintura sude o que el vino exalte.

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